El Mayo, Estados Unidos y el teatro de la justicia
La declaración de culpabilidad de Ismael “El Mayo” Zambada no es una simple resolución judicial; es una puesta en escena en la que Estados Unidos interpreta el papel de héroe justiciero mientras México queda relegado al de espectador impotente. Que uno de los capos más antiguos y escurridizos del narco sea condenado en cortes estadounidenses resulta benéfico para la política interna norteamericana: calma a una sociedad desgastada por la crisis del fentanilo y le ofrece la ilusión de que el monstruo tiene rostro y que ese rostro, al fin, ha sido atrapado.
Pero lo más interesante no es la condena en sí, sino lo que se evita. Un juicio abierto contra el Mayo habría sido una caja de Pandora. Ahí podrían haberse ventilado las complicidades de décadas entre el Cártel de Sinaloa y agentes de inteligencia, policías y políticos de ambos lados de la frontera. Declararlo culpable de inmediato significa cerrar la boca antes de que hable. En esa decisión late la conveniencia de administrar la verdad, porque revelar demasiado pondría en evidencia que la frontera entre Estado y crimen es más porosa de lo que conviene admitir.
Para México, la historia es más amarga. Una vez más la justicia viene de fuera, y el país queda pintado como territorio incapaz de juzgar a sus propios monstruos. El arresto, la extradición y la condena se convierten en parte de la narrativa estadounidense de “misión cumplida”, mientras México aparece como un Estado que solo colabora, nunca lidera. Lo más grave es que esta dinámica debilita nuestra soberanía: si los capos de verdad solo caen cuando los juzga Washington, entonces ¿qué papel juega la justicia mexicana?
La condena, sin embargo, no extingue el poder del narco; lo reacomoda. La ausencia del Mayo abre espacio para que las facciones internas se fortalezcan, especialmente los hijos de Guzmán Loera. La violencia se reordena, no desaparece. Y mientras eso ocurre en las calles, los gobiernos negocian la narrativa: para Estados Unidos, el Mayo es un trofeo; para México, una prueba de cooperación. Ambos se cuelgan la medalla, aunque la guerra continúe sucia, interminable, y sin final a la vista.
Lo inquietante es que este tipo de pactos —porque al final toda declaración de culpabilidad es un pacto tácito— muestran que el narco no se combate de frente, se administra. No se busca erradicarlo, sino controlarlo, mantener un orden mínimo que garantice que las rutas de droga sigan funcionando sin que el caos devore por completo a los mercados y a los gobiernos.
México, por tanto, puede esperar más presión internacional. La condena del Mayo se usará como carta para exigir más cooperación, más reformas, más vigilancia compartida. Y en el terreno político, la figura del narco seguirá siendo combustible electoral: los discursos de mano dura, las promesas de coordinación con Estados Unidos, las campañas pintadas con sangre y miedo.
La historia del Mayo es un recordatorio incómodo: la justicia no siempre significa verdad ni reparación. A veces es solo un teatro cuidadosamente armado donde el público aplaude lo que quiere creer. Y en este teatro, Estados Unidos escribe el guion y México apenas improvisa en el escenario.