viernes, 20 de febrero de 2009


Me pongo frente  a los recuerdos arrodillados. 

Me siento intacta por la nostalgia en esta ocasión.

Me vuelco contra lo impronunciable para simplemente callar.

Mis sensaciones no se limitan a sentir y despiertan las pasiones,
esas que lejanas están, para no pedir auxilio en caso de no tener 
control sobre si.

Me recuerdo un poco a mi misma cuando era más yo misma,
me reflejo entre las ideas circundantes por mi cerebro y
me regocijo al percatarme de que todo ahí, se encuentra igual;
intacto y con sentido de ser.

Me gusta más el ser que el no ser, 
disfruto del antagonismo de la existencia cuando uno
se enfrenta a la muerte y le sopla muy quedo al rostro;
rostro que se oculta para no ser jamás dominado.

Recuerdo los juegos que aparecen en mi mente,
juego de letras y señales que aclaran los juicios.

Me siento frente a mi propio reflejo, exorcizo demonios,
mis demonios que me permiten encontrarme más dentro
de mi, que me hacen purgar el alma.

La vida es así;
tan sólo el instante para conocerse,
reconocerse de tal modo que nunca se dude de si mismo.

La vida te descubre cuando crees que la has descubierto,
te hace la broma de mostrarte el tiempo con la memoria,
de hacerte saber que lo vivido es pasado y que lo que importa
ni es pasado, ni futuro; pues lo importante no es cuestión del tiempo.

Lo importante es cuestión del ser. 

Del llegar a Ser y no perderse en el intento.

Los intentos terminan siendo experiencias inacabadas,
experiencias repetitivas que conciernen al todo que se
conforma con la masa, se moldea y se acostumbra a su forma.

Bien, esto es tan sólo el recuerdo de que debo dormir, 
despertar y vivir como nunca; vivir como nadie lo ha hecho
pues nadie vive por nadie, nadie muere por nadie.

Cada quien es responsable de su propio Ser.

Amo las distancias lejanas cuando del no ser se trata.

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